Hay estaba, ante una puerta cerrada. Solamente tenía que abrirla y pasar, pero algo se lo impedía. Era el miedo. Miedo a pasar y ver la triste realidad.
Su padre lleva unos meses enfermo y estas eran sus últimas horas de vida. No había querido entrar. Quería recordad a su padre como realmente era, no postrado en esa cama entre dolores y desvaríos, pero él lo había hecho llamar y no podía negar a su padre el deseo de verlo por última vez antes de su viaje, un viaje sin retorno.
Se armó de valor y entró.
Allí estaba su padre. El hombre que le había enseñado tantas cosas, su modelo como persona.
Con un gesto casi imperceptible le indicó que se acercara. Hizo un intento por hablar pero no le salian las palabras. Tras unos minutos de silencio en los que solamente se cogieron de la mano y se miraron su padre empezo hablar con un hilo de voz.
-Hijo, quiero que sepas que eres un orgullo para mi. Eres lo mejor que he hecho en la vida. Te lo he dado todo sin esperar nada a cambio, solo tu amor y me lo has dado. Me gustaría tener más tiempo para estar contigo y tu madre pero ya se acaba mi tiempo. Antes de irme quiero que darte un último consejo. No busques la felicidad plena. No existe. Centraté en vivir sintiéndote bien contigo mismo. La felicidad llegará. Llega con las pequeñas cosas de la vida, entre los malos momentos. Eso es la felicidad, el cúmulo de esas pequeñas cosas. Hay que sembrar. Sembrar para que al final de tu camino te des cuenta de todo lo que has ido recogiendo - Notaba el sabor salado de sus lágrimas - No llores por mi porque yo he sido feliz y lo sigo siendo. Ahora te toca a ti ser feliz.
Se dieron un beso, sabiendo ambos que sería el último.
Al separarse de su padre vio que ya no estaba. Se había ido pero en sus labios se dibujaba sonrisa. En verdad había sido feliz.
Se levantó, se secó las lágrimas y se prometió a si mismo que no lloraría más por su padre, si no que cuando se acordase de él solamente sonreiría y seguiría su último consejo.
Su padre lleva unos meses enfermo y estas eran sus últimas horas de vida. No había querido entrar. Quería recordad a su padre como realmente era, no postrado en esa cama entre dolores y desvaríos, pero él lo había hecho llamar y no podía negar a su padre el deseo de verlo por última vez antes de su viaje, un viaje sin retorno.
Se armó de valor y entró.
Allí estaba su padre. El hombre que le había enseñado tantas cosas, su modelo como persona.
Con un gesto casi imperceptible le indicó que se acercara. Hizo un intento por hablar pero no le salian las palabras. Tras unos minutos de silencio en los que solamente se cogieron de la mano y se miraron su padre empezo hablar con un hilo de voz.
-Hijo, quiero que sepas que eres un orgullo para mi. Eres lo mejor que he hecho en la vida. Te lo he dado todo sin esperar nada a cambio, solo tu amor y me lo has dado. Me gustaría tener más tiempo para estar contigo y tu madre pero ya se acaba mi tiempo. Antes de irme quiero que darte un último consejo. No busques la felicidad plena. No existe. Centraté en vivir sintiéndote bien contigo mismo. La felicidad llegará. Llega con las pequeñas cosas de la vida, entre los malos momentos. Eso es la felicidad, el cúmulo de esas pequeñas cosas. Hay que sembrar. Sembrar para que al final de tu camino te des cuenta de todo lo que has ido recogiendo - Notaba el sabor salado de sus lágrimas - No llores por mi porque yo he sido feliz y lo sigo siendo. Ahora te toca a ti ser feliz.
Se dieron un beso, sabiendo ambos que sería el último.
Al separarse de su padre vio que ya no estaba. Se había ido pero en sus labios se dibujaba sonrisa. En verdad había sido feliz.
Se levantó, se secó las lágrimas y se prometió a si mismo que no lloraría más por su padre, si no que cuando se acordase de él solamente sonreiría y seguiría su último consejo.

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